Los viajeros más adeptos a las redes sociales están cada vez más obteniendo en Instagram su inspiración a la hora de elegir destino al que viajar, pero a qué coste, se pregunta la escritora y periodista Carrie Miller en National Geographic. No en vano Instagram, con sólo seis años de actividad, cuenta con más de 500 millones de usuarios activos que comparten una media de 80 millones de fotos al día, lo que demuestra que tenemos hambre de imágenes y que éstas influyen en nuestras decisiones de viaje.

Las cifras respaldan la eficacia de Instagram como herramienta de marketing: la gente se involucra con esta red social 10 veces más que con Facebook, por lo que se estima que el 48,8% de las marcas en Estados Unidos están en Instagram, pero se espera que este porcentaje se eleve al 70,7% al finalizar el año.

 

El fotógrafo Chris Burkard reconoce que “menos de 10 clics separan al usuario medio de ver una foto en Instagram y comprar un billete para ir allí”. Definitivamente hay gente que viaja a determinados lugares sólo porque ha visto fotos de ellos en la red, algo que no ocurría hace 10 años.

Este cambio de hábitos tiene una lectura positiva y otra negativa. En el primer caso, Burkard se muestra convencido de que “la única manera de conseguir que la gente se preocupe por esos lugares es llevándoles allí. Es el primer paso para ser un conservacionista: preocuparse por ello. Nunca ha sido más cool estar en la naturaleza”. Sin embargo Instagram también puede abrir la puerta a problemas de masificación, degradación medioambiental y otros aspectos peligrosos.

Imagen icónica de Noruega, ante un paisaje aparentemente solitario. Lo que no aparece en la foto son las decenas de personas que hacen cola para tomar la imagen.
Imagen icónica de Noruega, ante un paisaje aparentemente solitario. Lo que no aparece en la foto son las decenas de personas que hacen cola para tomar la imagen.

Y es que, en opinión del fotógrafo Trey Ratcliff, “mucha gente todavía se deja llevar por su ego. Quieren conseguir un retrato que refleje que están llevando algo así como una vida perfecta, lo que en realidad es bastante absurdo. Creo que es mucho más divertido ser real”.

¿La solución? Burkard cree que todos tenemos la responsabilidad de publicar representaciones exactas de los lugares que visitamos: “A menudo comparto la historia que hay detrás de esa foto, especialmente si hemos tenido que conseguir un permiso para ir a algún sitio o hacer algo que a la gente normalmente no se le permitiría”.

La respuesta, añade, no es dejar de viajar, pero sí viajar con atención; intentar ir a sitios que no han sido expuestos y compartir tus propias experiencias en lugar de imitar a otros. Burkard reconoce que piensa mucho “en el papel que juegan las redes sociales en el turismo. Ahora casi puedes vivir toda tu experiencia basándote en las imágenes que ves online, lo que es un enfoque poco natural para viajar. Me hace pensar qué fue de la exploración”.

Ejemplos

Carrie Miller ha expuesto algunos casos concretos:

- Trolltunga, una roca a 600 metros sobre el lago Ringedalsvatnet, en Noruega, se ha hecho famosa por las fotos que publican los turistas en Instagram, lo que ha provocado que los 500 visitantes que recibía en 2009 se hayan convertido en 40.000 sólo cinco años después, en lo que muchos consideran un flujo turístico provocado por las redes sociales.

- El 20 de agosto de 2016 China inauguró el puente de suelo de cristal más alto y más largo del mundo que se extiende 300 metros sobre el Gran Cañón de Zhangjiajie. En los primeros días miles de turistas se agolpaban en él para captar fotos que parecieran desafiar la ley de la gravedad. Después sólo de 13 días el puente tuvo que cerrar debido a la masificación.

Imagen icónica de Noruega, ante un paisaje aparentemente solitario. Lo que no aparece en la foto son las decenas de personas que hacen cola para tomar la imagen.
Imagen icónica de Noruega, ante un paisaje aparentemente solitario. Lo que no aparece en la foto son las decenas de personas que hacen cola para tomar la imagen.

- Pero lo más trágico es cuando ese deseo de repetir una experiencia ya vista en Instagram tiene un coste incomprensible. En 2015 un estudiante australiano de 24 años perdió el equilibrio y se murió intentando recrear la icónica foto de Trolltunga. Un año antes una pareja polaca atravesó la barrera de seguridad en el Cabo da Roca, en Portugal, para hacerse un selfie y se precipitaron por el acantilado. En 2013 también falleció un turista español al caer por un precipicio en Noruega. Lo peor de todo es que no son casos únicos, sino que se producen hechos similares de turistas que ponen en riesgo su vida, y a menudo la pierden, al ignorar las señales oficiales y los avisos de seguridad en cualquier rincón del mundo, según publicó HOSTELTUR noticias de turismo en ‘Mueren más personas por selfies que por ataques de tiburón’.

 

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